Regina Galindo: Sangre, sudor y lágrimas

El cuerpo es la principal materia prima de las performances de la gutemalteca Regina Galindo, ganadora del León de Oro en la 51° Bienal de Venecia. “Lo más difícil es la realidad”, dijo a adn*CULTURA, durante una visita que realizó a la Argentina.

Por Leonardo Tarifeño.

Raparse, cortarse los vellos del cuerpo y caminar desnuda por las calles de Venecia. Hundir los pies en una palangana llena de sangre humana y dejar las huellas de esos pasos en la puerta del Palacio Nacional, en la ciudad de Guatemala. Someterse a una operación de reconstrucción del himen. Hacerse dibujar un mapa de las cirugías que se necesitarían para ser hermosa según los cánones de belleza dominantes. Grabarse “perra” en un muslo, como hicieron con varias mujeres los pandilleros de la Mara Salvatrucha. Subirse a un ring y pelear contra la campeona centroamericana de lucha libre para poner en evidencia “aquellas luchas que se van a perder, pero que igual deben darse”. Pasar tres días dentro de un manicomio, en una camisa de fuerza. Todas estas acciones son performances , actos de poesía en acción protagonizados por la artista guatemalteca Regina José Galindo, ganadora del León de Oro en la Bienal de Venecia 2005, que estuvo de paso por Buenos Aires y Córdoba. “Antes decía que lo mío era el arte de denuncia -dice esta mujer menuda, sonriente y de apariencia (de esas que engañan) frágil-; pero ahora sé que de denuncia, nada. Denuncia sería si nadie conociera aquello a lo que apunto. Pero todo el mundo sabe a qué me refiero con mi trabajo.”

-¿Cuál es tu origen como artista?

-Yo escribía. Guatemala es un país superpequeño, con muchos conflictos. Allá hay una sola escuela de arte, estatal, que durante algunos años funciona y luego no. Así que estudié secretariado, y entré como secretaria en una agencia de publicidad. De a poco me involucré en el departamento creativo de la agencia, y resultó que unos compañeros eran amigos de una gente que conocía a un artista guatemalteco muy importante, Luis González Palma. En su casa vi libros, aluciné con él. Yo no tenía idea de lo que era una performance , pero cuando vi esos libros me dije: “Coño, yo no sé pintar, ni dibujar ni nada, pero esto sí lo puedo hacer”.

-¿Creés que hay algún vínculo entre la poesía que escribías y las acciones que presentás?

-Sí, hay un vínculo. Yo era muy chavita cuando escribía, tenía 18 o 20 años, así que mis preocupaciones de entonces eran más privadas. Me interesaba la exploración de mi cuerpo, de mi libertad, de mi espacio, todas esas cuestiones. Luego, con el tiempo, el mundo se abre y dejo de estar tan centrada en mí misma. Eso es lo que trato de mostrar con mis performances , pero en el fondo hay un hilo conductor entre mi poesía y ese trabajo visual. Tal vez en la poética y la estética, además de mi patología, mi morbo por el lado oscuro de las cosas.

-¿Tu arte sale de tu lado oscuro?

-Sí, me parece que sí. Si me invitan a un país, lo primero que hago es ver los medios de ese país por Internet e investigar qué cuestiones faltan, qué está mal, qué le duele o le afecta a la gente. Aunque no es ningún “lado oscuro”: son las cosas que uno ve, pero no observa.

-¿Cómo surge una acción tuya?

-Algunas ideas son muy espontáneas, otras llevan un proceso de observación e investigación muy grande. Por ejemplo, un proyecto que hice en Estados Unidos. Durante una residencia artística en Texas, escuché a una periodista que quería ir a una prisión en Hutto. Era una cárcel para centroamericanos en la que meten a la familia entera. Me enganché con el tema, empecé a investigar con abogados y activistas e intenté ir a la prisión, aunque no se le permite la entrada a nadie. Entonces alquilé la celda prefabricada, que se monta como un Rasti, durante dos meses. Me costó los 12 mil dólares de la beca. Habité la celda con mi familia, mi esposo y mi bebé de un año, durante 24 horas.

-¿Cómo llegaste a la conclusión de que tu cuerpo iba a ser tu herramienta?

-A partir de la escritura. Primero, mis textos iban en la onda de explorar mi libertad, y las primeras performances que hice eran una gráfica de esos poemas. Pero cuando vi la potencialidad del cuerpo en la imagen me dije: “Coño, qué chulo se ve, le puedo hacer tantas cosas…”. Y me puse a investigar esa cuestión. Luego me sorprendieron las infinitas posibilidades de control que se pueden tener.

-Tus acciones tienen un elemento lúdico muy presente. ¿Son juegos crueles?

-Sí, ¿verdad? A mí me interesan las relaciones de poder. Me interesa subvertirlas, y ahí es donde creo que entra el juego, porque se trata de una subversión de factores no muy evidente. En la primera lectura parece que soy cruel con mi cuerpo, pero luego el espectador se puede dar cuenta de que no soy una víctima, porque planifico toda la acción y, por lo tanto, aunque esté sedada o como sea, tengo el poder de haber ordenado todo. El poder está en mis manos, aunque a primera vista yo sea la víctima. Hay un juego macabro de confusión de roles.

-¿Qué es más difícil? ¿Colgarte de un edificio, someterte a una himenoplastia o la indiferencia de la gente ante la realidad que denunciás?

-Lo más difícil es la realidad. La realidad es tan difícil, que uno crea una costra alrededor para evitarla. Lo que yo hago es mi trabajo, y si resulta escandaloso es porque traslada algo de la realidad a un punto inestable. Si en Guatemala ves un muerto en la calle, ya sabes qué hacer: te haces a un lado, para que nadie te pregunte si viste algo. Pero si ves eso mismo en una performance , quizá te escandalice. Aunque me parece que esto ya no escandaliza a nadie.

-¿Es por eso que, como has afirmado, creés que el arte no tiene fuerza para transformar el mundo?

-Cuando digo que el arte no sirve para nada no quiero decir que no me ayude a mí misma, a mis patologías. No hay nadie más egocéntrico que un artista. Lo que uno hace es una imagen artística que se inserta dentro del sistema económico del arte, para una elite. ¿Qué puede hacer eso para ayudar al mundo? Es muy falso decir que ayuda. Si alguien ve tu obra, ya sea en vivo o documentada, y luego eso genera una reflexión, buenísimo. Es algo a lo que uno debería aspirar. Pero si no se logra, igual las piezas van a existir.

-¿Es la diferencia entre el artista y el activista?

-Exactamente, son cosas opuestas. El artista hace su pieza y ahí se acabó el esfuerzo. Y un activista, si empieza a trabajar en un tema, hace un seguimiento porque los objetivos de su investigación son distintos. El artista no puede compararse con un activista cuyo trabajo tiene que ver con el amor al prójimo. Un artista indaga en sus conflictos personales, se busca y se araña por dentro. ¿Cómo se van a comparar esas cosas?

-¿Tu búsqueda es personal?

-Sí; y más que una búsqueda, es mi trabajo. Hacer mis imágenes, mis acciones, eso es lo que yo quiero. Tengo una imagen en la cabeza y hago todo lo posible por llegar a ella. Como un pintor con su cuadro.

Fuente: adncultura. La Nación. 16/08/08.


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